Cómo sobrellevar el impacto emocional tras el terremoto en Venezuela: Claves y herramientas para recuperar la seguridad interna.
Tras el reciente sismo registrado en Venezuela, una experiencia poco habitual en el país, miles de personas han quedado atravesadas por una mezcla de miedo, incertidumbre y una sensación persistente de “seguir temblando” incluso después de que el movimiento físico haya cesado por completo. En una sociedad que históricamente no está acostumbrada a este tipo de fenómenos naturales de manera cotidiana, el impacto emocional puede llegar a ser tan profundo y de gran alcance como el daño físico o material de la infraestructura.
En este complejo escenario, diversos especialistas en bienestar emocional y acompañamiento psicológico han alzado la voz para señalar la importancia crítica de validar lo vivido, comprender de forma integral las reacciones de nuestro cuerpo y la mente, y abrir de manera activa espacios seguros para transitar el miedo, el duelo y la ansiedad que inevitablemente deja este tipo de experiencias.
Cuando la tierra y las certezas se mueven en un instante
Un sismo de gran magnitud no solo mueve la tierra bajo nuestros pies; también sacude las certezas, las memorias y las emociones más arraigadas que muchas veces no sabíamos que estaban allí presentes. En el contexto de Venezuela, donde estos fenómenos no forman parte de la cotidianidad ciudadana, la reacción emocional de la población suele ser notablemente más intensa, manifestándose a través de cuadros de sobresalto constante, insomnio, hipervigilancia, la vívida sensación de que “algo sigue ocurriendo” o un temor latente a que el evento vuelva a repetirse en cualquier momento del día.
Los expertos coinciden en que estas respuestas corporales y psicológicas no son bajo ningún concepto exageraciones individuales. Al contrario, constituyen reacciones biológicas y naturales del sistema nervioso ante una experiencia súbita que ha sido percibida como una amenaza directa a la supervivencia. Por esta razón, hoy más que nunca se hace urgente y necesario poner sobre la mesa la discusión en torno a la salud emocional colectiva.
La diversidad en las formas de procesar el impacto y la pérdida
Es fundamental comprender que no todas las personas viven el impacto de un evento traumático de la misma manera. Mientras algunas reaccionan con un estado de ansiedad inmediata y visible, otras experimentan un bloqueo emocional severo o se ven sumergidas en una tristeza profunda que no siempre es fácil de traducir en palabras. Las pérdidas emocionales trascienden lo tangible: no solo se puede llorar por aquello que se perdió físicamente, sino también por lo que se sintió que se desvaneció en el instante del temblor, tales como la sensación de seguridad, la calma habitual, la predictibilidad de la rutina diaria e incluso los planes y proyectos que antes parecían estables.
En este sentido, la validación emocional se erige como el primer paso fundamental para iniciar el proceso de recuperación personal y colectiva. Reconocer abiertamente el miedo no tiene por qué intensificarlo; al contrario, permite ordenarlo internamente. Asimismo, dar espacio para el llanto no es sinónimo de debilidad, sino una vía natural de liberación biológica. Aceptar plenamente lo vivido no significa resignarse de forma pasiva, sino integrar la experiencia vivida en nuestra propia historia personal.
La reconocida coach de vida y especialista en Programación Neurolingüística (PNL), Deisy Terán Tosta, explica detalladamente que en situaciones de impacto colectivo es completamente común que el sistema de alarma de los individuos permanezca activo o en “modo alerta” de manera prolongada.
“Después de una experiencia de esta naturaleza, muchas personas siguen experimentando en su cuerpo la sensación de peligro inminente, aunque la situación de emergencia ya haya pasado por completo. Es crucial que la población entienda que esto es una respuesta automática del sistema nervioso y no un signo de flaqueza o debilidad personal”, puntualiza Terán Tosta.
Desde esta perspectiva profesional, el acompañamiento emocional especializado no tiene como fin la eliminación mágica y apresurada del miedo, sino brindar el soporte necesario para que la persona afectada pueda reconstruir y recuperar, de manera progresiva y respetuosa, su sensación de seguridad interna.
Herramientas prácticas para la regulación emocional
Para ayudar al cuerpo y a la mente a retornar paulatinamente a un estado de equilibrio en momentos de alta tensión, se recomiendan una serie de prácticas y pautas de acción simples pero altamente efectivas:
Reconocer lo que se siente sin emitir juicios de valor: Identificar y ponerle nombre al miedo, la tristeza, la rabia o la confusión contribuye de forma directa a disminuir la intensidad con la que se experimentan estas emociones.
Volver al cuerpo y al momento presente: Utilizar técnicas de respiración consciente, sentir de manera firme los pies apoyados sobre el suelo o realizar el ejercicio de identificar visualmente objetos cotidianos a nuestro alrededor ayuda a anclar la mente en el "aquí y ahora", interrumpiendo los ciclos de pánico y rumiación mental.
Reducir la sobreexposición a informaciones alarmantes: Si bien mantenerse adecuadamente informado es crucial para la seguridad física, la sobreexposición o el consumo saturado de noticias y rumores en redes sociales suele disparar exponencialmente los niveles de ansiedad generalizada.
Establecer canales de comunicación con otros: Compartir verbalmente las vivencias e impresiones del suceso con personas de nuestro entorno que nos inspiren confianza es un pilar indispensable para procesar y digerir la experiencia traumática.
Aceptar activamente el duelo emocional: Entender que el duelo no solo se limita a la pérdida de vidas humanas o de bienes materiales de gran valor; también abarca de forma legítima la pérdida transitoria de nuestra estabilidad emocional y la sensación de seguridad en nuestro propio hogar.
El legítimo derecho a sentir y a sanar en comunidad
Uno de los pilares más cruciales en el abordaje de estas crisis colectivas es internalizar que no existe una única manera "correcta" o estándar de reaccionar ante la adversidad. Cada individuo procesa el impacto desde su propia historia vital, sus niveles particulares de sensibilidad y los recursos psicológicos de los que dispone. Hay quienes sienten la imperiosa necesidad de verbalizar todo lo ocurrido, mientras que otros requieren de periodos de absoluto silencio. Algunas personas logran desahogarse a través del llanto de inmediato, y otras lo hacen días o semanas después. Absolutamente todas estas respuestas son válidas y merecen ser respetadas de forma incondicional.
A fin de cuentas, el bienestar emocional genuino no nos exige una fortaleza ciega e inquebrantable, sino una humanidad consciente y compasiva para con nosotros mismos y con los demás. En medio de los tiempos de incertidumbre que siguen a un desastre natural, el acompañamiento se convierte en un acto de profundo cuidado colectivo. Permitirnos vivir el proceso de adaptación con sus altos y bajos no es un retroceso, sino la ruta natural hacia la reconstrucción interna.
Como bien concluye la especialista Deisy Terán Tosta: “Sanar no implica bajo ningún concepto olvidar lo que nos ocurrió o negar la realidad del evento, sino aprender a convivir de forma armoniosa con esa experiencia vivida, logrando que el miedo no sea el factor que defina el rumbo de nuestras vidas en el futuro”.
Ante este reto, Venezuela se enfrenta a la tarea no solo de recuperar la estabilidad física y estructural de sus suelos, edificaciones y ciudades, sino de reconstruir, con paciencia y empatía, la calma interna y el tejido emocional de toda su población.


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